
El inmenso albatros de frágiles alas ribeteadas de blanco giró majestuoso a doscientos metros de altitud en un lento planear sin un solo aspaviento, como sostenido en el espacio por una fuerza invisible.
Era aquél su tercer viaje de ida y vuelta, desde allí; desde la misma raya del ecuador, a los fríos islotes patagónicos, siguiendo el sendero trazado en el aire por millones de sus antepasados a lo largo de infinitas generaciones.
Ya su ojo atento y codicioso había captado, desde docenas de millas mar adentro, que una vez más el eterno milagro se había repetido y el azul del mayor de los océanos comenzaba a ensuciarse con las manchas marrones de los bancos de sepias que, de improviso, en una incontenible explosión de vida, nacían en las proximidades de la isla que ahora se destacaba, negra, agreste y desolada, bajo sus largas alas.
Aquél era su hogar, y lo sabía. La patria de los albatros gigantes; lugar de nacimiento, amor y muerte del ave que reinaba en los mares, y frente a la que gaviotas, alcatraces, garzas o pelícanos, no constituían más que tristes caricaturas aladas sin gracia alguna.
Altiva, giró de nuevo estudiando una vez más la conocida pendiente de lava cuarteada de nacía en una tranquila y diminuta bahía de blanca arena, para ascender sin prisas, a morir en los altos y fieros acantilados contra los que se estrellaban las rugientes olas.
Le inquietó el panorama. Sin duda había llovido durante su ausencia, y los cactus y arbustos habían crecido, desperdigándose por entre las rocas y los bloques de lava, buscando con avidez cada pedazo de tierra fértil traída por el viento y abonada por los excrementos de millones de sus iguales.
Sobrevoló por última vez la isla avisando con sus sonoros graznidos que se lanzaba, cruzó, bajo, sobre la cabeza de la mujer que le observaba acomodada sobre una alta roca, semidesnuda y cubierta por un desteñido sombrero mugriento; se alejó hacia el sur sobre el mar rugiente, y regresó con la fuerza y la velocidad de una flecha, recto el pico y gacha la cabeza, sintiendo el viento silbar en sus oídos.
Fue como si se hubiese sumergido en un torbellino indescriptible, sin tiempo para reflexionar, actuando movido por el instinto y los reflejos, zigzagueando por entre un laberinto de ramas y pedruscos, hasta sentir de improviso la olvidada consistencia de algo firme y sólido bajo sus quebradizas patas; rugoso suelo y calientes rocas sobre las que saltó en cómicos y cortos brincos, para quedar al fin muy quieto, extendidas las alas y como sorprendido de su propia hazaña y del misterio de encontrarse una vez más ileso y vivo en lugar seguro.
- ¡Bravo!
La mujer, dando por concluído el espectáculo, se había puesto en pie cansinamente, alejándose, sin prisas, hacia los barrancos.
- ¡Bravo! - repetía en voz alta, como si hablase con alguien -. Es condenadamente bueno ese maldito pajarraco.
Le gustaba sentarse en aquella roca en los atardeceres y apostar por la vida y la muerte de los grandes albatros que regresaban, envidiando la serena belleza de su vuelo pausado.
El sol, que se ponía violento y rojo sobre la raya del horizonte, lanzaría pronto su verde rayo de despedida al mundo.
Diez minutos después, con precisión cronométrica, a las seis en punto, fuese cual fuese la época del año en que viviesen, la oscuridad más absoluta se abatiría súbitamente sobre la isla, fruto del crepúsculo ecuatorial, y doces horas más tarde, igualmente aprisa e igualmente exacto, el sol nacería una vez más, dorado, espléndido y furioso.
Y con la llegada de las sombras, la mujer se acurrucó, hecha un ovillo en el fondo de una profunda cueva. Cerró los ojos y se quedó dormida.
A veces necesitamos darnos cuenta de que estamos solos, de que tenemos que aprender a arreglar las cosas por nosotros mismos, a enfrentarnos a la vida, en fin, a disfrutar de la soledad. Sin embargo, y por razones muy distintas, ahora mismo no podría seguir sin algunos de vosotros. Así que, también desde aquí, os doy un pequeño homenaje.
Esta es la semana de los blogs sentimentales, señores. ¡Y que viva un poco más el amor!