sábado, 25 de febrero de 2006
miércoles, 22 de febrero de 2006
Balzac et moi

La cerilla estuvo a punto de apagarse a medio camino y ahogarse en su propio humo negro, pero recuperó el aliento, vacilando, y se acercó a Papá Goriot que yacía en el suelo. Las hojas de papel, lamidas por el fuego, se retorcieron, se acurrucaron unas contra otras y las palabras se lanzaron hacia el exterior. La pobre muchacha francesa fue despertada de su sueño de sonámbula por este incendio; quiso huir pero era demasiado tarde. Cuando encontró a su amado primo, estaba ya sumida en llamas, con los fetichistas del dinero, sus pretendientes y su millón de herencia convertidos todos en humo.
Tres cerillas más encendieron, simultáneamente, las hogueras de El Coronel Chabert, de Jean Christophe y de Eugenia Grandet. La quinta alcanzó a Quasimodo que, con sus abultamientos óseos, huía por los adoquines de Nôtre-Dame de París, con Esmeralda a cuestas. La sexta cayó sobre Madame Bovary. Pero la llama tuvo de pronto un momento de lucidez en el interior de su propia locura, y no quiso comenzar por la página donde Emma, en la habitación de un hotel de Ruán, fumando en la cama con su joven amante acurrucado a su lado, murmuraba: "Me abandonarás...". Aquella cerilla, furiosa pero selectiva, decidió atacar el final del libro.
Las recientes cenizas de Emma emprendieron el vuelo, se mezclaron con las de sus compatriotas carbonizados y se elevaron, flotando, en el aire.
Cenicientas, las crines del arco resbalaban por las brillantes cuerdas, en las que se reflejaba el fuego. El sonido de aquel violín era mío. El violinista era yo.
Aunque, en semejantes circunstancias, el furor y el silencio sean, a fin de cuentas, lo mismo, y sea difícil comparar dos estilos de acusación cuyo impacto es distinto, tal vez yo me equivocara de estrategia o me resignase demasiado pronto a la impotencia de las palabras.
Se había marchado y nunca regresaría. Su partida, tan súbita como fulminante, había sido para mí una sorpresa total. "¡Espera! ¡No te vayas! ¡Por favor!"
Mi primer grito lo hizo correr por el sendero, el segundo lo propulsó más lejos aún, y el tercero lo transformó en un pájaro que emprendió el vuelo sin concederse ni un instante de reposo. Se hizo cada vez más pequeño y desapareció.
Solamente comprendí la situación días más tarde, cuando asimilé los hechos. Balzac le había hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio.
That's all, folks. Gladys en 11:58 p. m. 10 comentarios
sábado, 18 de febrero de 2006
miércoles, 15 de febrero de 2006
Vértigo

Nunca he tenido problemas con nada. Salvo con la altura. Soy una intelectual que en la vida ha trepado a un árbol.
Recuerdo todavía una lejana tarde, durante la cual se me ocurrió subir por la escalera de hierro oxidado de un depósito de agua. Al comenzar, me arañé las palmas de las manos con la herrumbre y sangré un poco. Llegado a quince metros de altura, me dije: "Tengo la impresión de que los barrotes de la escalera van a ceder bajo mis pies, a cada paso." La mano herida me dolía y eso alimentaba mi angustia. Acabé renunciando y dejé a mi amigo subir solo; desde lo alto de la torre, me envió un escupitajo burlón que desapareció inmediatamente en el viento.
Los años han pasado, pero mi miedo a la altura perdura. Y aun hoy me invade un horrible hormigueo procedente del estómago cada vez que miro la vida desde las alturas.
No, prefiero tener los pies en el suelo.
Y andar sobre seguro.
Siempre.
That's all, folks. Gladys en 10:04 p. m. 0 comentarios





