jueves, 17 de marzo de 2005

La cita prometida


Siempre la imaginaba paseando sola por la playa, seguida de un gran perro lobo, soñadora... triste... aburrida, con sus oscuros bucles de pelo movidos por la brisa. Y entonces la tierra empiezaba a temblar, los pinos se abatían, surgían enormes grietas en la arena, un terremoto...
Naturalmente, siempre acababa besándola; pero no eran sueños eróticos, o por lo menos no tenían como finalidad principal la posesión de la muchacha; eran sueños fundamentalmente infantiles, donde el heroismo y una secreta melancolía triunfaban de lo demás.
El elemento erótico se introducía siempre al final de la historia, cuando él ya había salvado a la bella, cuando la llevaba en brazos y se disponía a entregarla sana y salva a sus padres ante la asombrada y admirada concurrencia, pues entonces sentía la imperiosa necesidad de detener el tiempo y la acción, y prolongaba todo lo que podía este momento. Era como caminar sobre una tierra que rodaba en sentido contrario bajo sus pies... Porque sabía, intuía, que él no iba a sobrevivir a ese desenlace, adivinaba que estaba irremediablemente condenado a volver a la sombra, y sólo entonces, como un consuelo, o quizá como una venganza por tener que separarse de ella, la besaba tiernamente en los labios....

1 comentarios:

Elric dijo...

La vida sí que es sueño :)

 
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